2da. Paradoja: Eclesiastés 7:1 – “Mejor es el día de la muerte que el día del nacimiento” una afirmación que incomoda. Hay textos bíblicos que reconfortan, y hay otros que incomodan profundamente. Eclesiastés 7:1 pertenece claramente al segundo grupo: “Mejor es el día de la muerte que el día del nacimiento”.
A primera vista, esta afirmación parece no solo extraña, sino incluso contradictoria con la visión bíblica de la vida como don de Dios (Sal 127:3). ¿Cómo puede la Escritura declarar “mejor” el día de la muerte que el del nacimiento?
Para entender esta aparente incongruencia bíblica, debemos detenernos, escuchar el texto en su propio idioma, y permitir que el contexto moldee nuestra lectura, en lugar de imponerle nuestras expectativas modernas.
Eclesiastés no niega a Dios, pero se atreve a describir la vida tal como se experimenta “bajo el sol” (תַּחַת הַשֶּׁמֶשׁ), es decir, desde la perspectiva humana, limitada por el tiempo, la muerte y la frustración.
Por tanto, cuando el sabio afirma que la muerte puede ser “mejor” que el nacimiento, no lo hace desde el nihilismo, sino desde una evaluación honesta del sentido de la vida vivida delante de Dios.
La palabra hebrea para “mejor” es טוֹב (tov), que no significa simplemente “agradable”, sino apropiado, valioso, pleno en propósito. No se trata de una comparación emocional, sino sapiencial.
Más adelante, el versículo culmina con la frase clave: “y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento”. Aquí, “día” es יוֹם (yom), que en hebreo puede indicar no solo una fecha, sino un evento significativo cargado de sentido. El “día de la muerte” (yom ha-mavet, יוֹם הַמָּוֶת) no es el momento biológico del cese vital, sino el cierre evaluativo de una vida. El “día del nacimiento” (yom hivaldo, יוֹם הִוָּלְדוֹ) representa el inicio lleno de potencial, pero aún no probado. La sabiduría hebrea no valora el potencial tanto como la trayectoria completada.
Este principio aparece en toda la Escritura:
- “El justo será recordado por bendición” (Prov 10:7)
- “He peleado la buena batalla… he guardado la fe” (2 Tim 4:7)
- “Bien, buen siervo y fiel” (Mt 25:21)
La “casa del luto” es בֵּית אֵבֶל (beit evel), un lugar de duelo, reflexión y silencio. Allí, dice el texto, “los vivos lo pondrán en su corazón”. En hebreo, “corazón” es לֵב (lev), el centro del pensamiento y la voluntad, no solo de la emoción. La muerte educa porque confronta al ser humano con su finitud.
Por eso, el Salmo 90:12 ora: “Enséñanos a contar nuestros días, para que traigamos al corazón sabiduría”. La incongruencia desaparece: la muerte no es exaltada por sí misma, sino como instrumento pedagógico que devuelve perspectiva a la vida.
El apóstol Pablo y la paradoja del final. Para el creyente, la muerte deja de ser un absurdo y se convierte en consumación: “Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil 1:21). Una vida vivida en Cristo y para El solo puede terminar con un balance positivo al final de esta.
La Biblia no glorifica la muerte, pero sí proclama que una vida vivida delante de Dios transforma el día de la muerte en victoria.
De todo lo anterior podemos sacar algunas lecciones prácticas para los creyentes hoy a la luz de Eclesiastés 7:1.
- No vivamos obsesionados con comienzos espectaculares, sino con procesos fieles.
- Evaluemos nuestra vida no por aplausos presentes, sino por su testimonio final.
- Permitamos que la realidad de la muerte nos enseñe a vivir con urgencia, humildad y sabiduría.
- Recordemos que en Cristo, el final no es derrota, sino coronación.
Porque, al final, la verdadera sabiduría no se mide por cómo empezamos, sino por cómo terminamos.
Continúa el tema aquí:
nº 1,"Paradojas" bíblicas que revelan lecciones. Lagar y era (Jue 6:11)


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