Del Huerto al Madero: la razón y el amor en el camino de Jesús hacia el Gólgota
El recorrido de Jesús desde el huerto de Getsemaní hasta el Gólgota no es una cadena absurda de hechos violentos ni un error histórico que terminó en tragedia. Es, más bien, un camino revelador. En él se muestra con claridad quién es Dios, quién es el ser humano y qué significado profundo tiene la cruz. No es solo un relato para conmover, sino una historia que interpela la razón y el corazón.
El cristianismo no nace de una idea filosófica ni de una experiencia emocional privada. Nace de un acontecimiento histórico concreto: la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Por eso, la fe cristiana no exige apagar la razón, sino usarla plenamente. El camino de Jesús hacia el Gólgota es una invitación a pensar, a creer y a responder.
1. Getsemaní: la razón sometida al amor. (Mateo 26:36–46).
Todo comienza en un huerto. Getsemaní no es solo un lugar geográfico, es un espacio teológico. Allí Jesús ora, sufre y decide. Los evangelios no presentan a un héroe insensible, sino a un hombre real, consciente del dolor que se aproxima. Jesús experimenta angustia, temor y soledad. Su oración —“Padre, si es posible, que pase de mí esta copa”— revela una humanidad auténtica.
Pero la oración no termina ahí. Jesús añade: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Aquí no hay irracionalidad ni resignación ciega. Hay una decisión libre, razonada y amorosa. Jesús entiende lo que está en juego y, aun así, elige obedecer. El amor no anula la razón; la orienta hacia el bien mayor.
Getsemaní nos muestra que la fe madura no ignora el sufrimiento ni lo romantiza. Lo enfrenta con honestidad, pero lo entrega a Dios con confianza.
1.1. El arresto: la verdad frente a la violencia. (Juan 18:1–11).
Cuando Jesús es arrestado, la violencia irrumpe de inmediato. Pedro saca la espada. Es una reacción comprensible, pero equivocada. Jesús la detiene. No porque la injusticia sea aceptable, sino porque la violencia no puede producir el reino de Dios.
Aquí se revela una tensión profunda: el ser humano quiere defender la verdad por la fuerza; Jesús la defiende con la entrega. La verdad no se impone, se ofrece. En este momento, Jesús deja claro que su camino no es el del poder coercitivo, sino el del testimonio fiel.
La escena también muestra el miedo de los discípulos, que huyen. La fidelidad resulta frágil cuando el costo es alto. El texto no oculta esta debilidad, porque el evangelio no idealiza al ser humano. Nos retrata tal como somos.
2. Los juicios: razón distorsionada y conciencia silenciada. (Marcos 14:53–65). (Juan 18:33–38).
Jesús pasa por varios interrogatorios: religiosos y políticos. Caifás, el Sanedrín, Pilato, Herodes. Cada uno representa una forma distinta de evadir la verdad.
Los líderes religiosos manipulan la ley para proteger sus intereses. Pilato reconoce la inocencia de Jesús, pero cede por miedo a perder su poder. Herodes busca espectáculo, no justicia. La razón sigue presente, pero está subordinada al orgullo, al temor o a la conveniencia.
Aquí el evangelio hace una crítica profunda: el problema no es la falta de razón, sino una razón que se justifica a sí misma y silencia la conciencia. El pecado no siempre es ignorancia; muchas veces es una decisión consciente de no obedecer la verdad.
3. El camino al Gólgota: el amor que persevera. (Lucas 23:26–31).
El camino hacia la cruz es humillante y doloroso. Jesús cae, es golpeado, es burlado. Sin embargo, incluso en ese trayecto, sigue mostrando compasión: consuela a las mujeres de Jerusalén, acepta la ayuda de Simón de Cirene, permanece en silencio ante los insultos.
Este silencio no es derrota, es coherencia. Jesús no necesita defenderse porque su vida entera ya ha hablado. El amor verdadero no depende del reconocimiento inmediato. Persevera incluso cuando parece inútil.
4. El madero: la razón de la cruz. (Juan 19).
La cruz no es un accidente ni una contradicción del mensaje de Jesús; es su culminación. En ella se cruzan la justicia y la misericordia, la verdad y el amor. Dios no ignora el mal ni lo minimiza, pero tampoco destruye al ser humano para erradicarlo. En la cruz, Dios asume el peso del pecado para ofrecer reconciliación.
Desde una perspectiva racional, la cruz responde a una pregunta profunda: ¿Qué hace Dios frente al mal humano? No lo niega, no lo justifica, no huye de él. Lo enfrenta con amor sacrificial y lo transforma en bien. La cruz revela tanto la gravedad del pecado como la grandeza de la gracia.
El camino de Jesús del huerto al madero no es solo un relato para recordar, sino una invitación a responder. Para el cristiano de hoy este recorrido nos llama a una fe pensante y vivida. Nos invita a:
- Orar con honestidad, como en Getsemaní, sin negar el dolor.
- Renunciar a la violencia, incluso cuando creemos tener la razón.
- Examinar nuestra conciencia y no sacrificar la verdad por comodidad.
- Vivir un amor perseverante, aun cuando no sea comprendido.
- Mirar la cruz no solo como símbolo, sino como modelo de vida entregada.
Para el incrédulo este camino plantea preguntas inevitables:
- ¿Por qué un hombre inocente aceptaría la cruz?
- ¿Qué tipo de Dios elige sufrir en lugar de imponer?
- ¿Y si la cruz no es irracionalidad, sino la respuesta más profunda al problema del mal?
El cristianismo no pide un salto ciego, sino una mirada honesta al acontecimiento de la muerte de Jesús. Tal vez el primer paso no sea creer, sino considerar seriamente quién fue este hombre y qué significa su camino.
Del huerto al madero, Jesús no solo caminó hacia el Gólgota. Caminó hacia nosotros. Y su camino sigue abierto para todo aquel que quiera pensar, creer y responder.

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