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| Estatero: equivalente a cuatro dracmas, pagaba el impuesto de dos personas. |
Una escena pequeña con una verdad inmensa.
Mateo 17:24-27 parece, a primera vista, un relato menor: unos cobradores llegan a Pedro en Capernaum y le preguntan si su Maestro paga el impuesto del templo. Pedro responde que sí; luego Jesús le revela que, como Hijo, no está obligado a pagarlo, pero lo hace para no ofender. Después ordena a Pedro que pesque un pez y encuentre en su boca una moneda suficiente para pagar por ambos.
Sin embargo, detrás de esta escena cotidiana hay una declaración gloriosa sobre la identidad de Cristo, la libertad de los hijos de Dios y el modo en que el creyente debe vivir ante un mundo que no comprende su libertad. También hay un detalle que ha llamado la atención de muchos lectores: Jesús dice a Pedro: “tómalo, y dáselo por mí y por ti” (Mateo 17:27). Pedro paga por el Señor y por sí mismo, pero el texto no menciona que pague por los demás discípulos.
¿Podría esto revelar algo sobre la edad de los discípulos? La respuesta bíblica debe ser prudente: el pasaje permite una inferencia razonable, pero no constituye una prueba absoluta. Aun así, la posibilidad es seria y merece ser examinada con reverencia.
El impuesto que Pedro debía pagar. Los cobradores se acercan a Pedro y le preguntan: “¿vuestro maestro no paga las didracmas?” (Mateo 17:24). La “didracma” era el impuesto anual del templo, equivalente a medio siclo. Este impuesto tenía su origen en Éxodo 30:13-16, donde Dios ordenó que cada varón israelita de veinte años para arriba diera medio siclo para el servicio del tabernáculo.�
Por eso, cuando Pedro responde afirmativamente que Jesús paga el impuesto, no está hablando de un impuesto romano ordinario. Se refiere a una contribución vinculada al culto de Israel, al templo y al pacto. El dinero no era para César, sino para el mantenimiento del lugar donde se adoraba al Dios vivo.
Esto explica por qué la pregunta de los cobradores tiene peso. Ellos conocían a Jesús como maestro y probablemente sabían que Pedro era uno de sus discípulos. La pregunta no era meramente administrativa: tocaba la relación de Jesús con el templo, con la Ley y con la identidad de Israel.
Pedro responde con una palabra breve: “Sí” (Mateo 17:25). Es una respuesta leal, pero quizás algo apresurada. Pedro asume que Jesús pagará, sin haber consultado primero al Señor. Cuando entra en la casa, Jesús se adelanta y le habla antes de que Pedro pueda explicar la situación. El Señor conoce el asunto antes de que Pedro lo presente.
La pregunta que revela la identidad de Jesús.
Jesús no comienza corrigiendo a Pedro con dureza. Comienza con una pregunta: “¿Qué te parece, Simón? ¿Los reyes de la tierra, de quién cobran los tributos o los impuestos: de sus hijos, o de los extraños?” (Mateo 17:25).
Pedro responde con precisión: “De los extraños” (Mateo 17:26). Entonces Jesús declara: “Luego, libres son los hijos” (Mateo 17:26).
La lógica es hermosa y contundente. Los reyes de la tierra no cobran impuestos a sus propios hijos. El hijo del rey no paga tributo al rey; él pertenece a la casa real. De la misma manera, Jesús, siendo el Hijo de Dios, no está obligado a pagar un impuesto para sostener la casa de su Padre.
Aquí Jesús no está negando la autoridad del templo ni despreciando el culto. Está revelando su identidad. El templo era la casa de Dios; Jesús es el Hijo de Dios. Si el templo pertenece al Padre, el Hijo no puede ser tratado como un extranjero que debe contribuir para mantenerlo.
Esta escena sigue de cerca la transfiguración, donde la voz del Padre declaró: “Este es mi Hijo amado; a él oíd” (Mateo 17:5). Por eso, el relato del impuesto no es un incidente aislado. Es una continuación de la revelación de quién es Jesús: no simplemente un rabino, no solamente un profeta, sino el Hijo eterno del Dios vivo.
La libertad que no se convierte en ofensa: Jesús podría haber dicho: “No pagaré, porque soy el Hijo”. Y habría tenido todo el derecho de hacerlo. Pero añade: “para no ofenderlos” (Mateo 17:27). La palabra griega traducida como “ofender” puede entenderse como provocar tropiezo, escándalo o dificultad innecesaria.
Aquí vemos una lección profunda: la libertad cristiana no siempre debe ejercerse de manera que tropiece a otros. Jesús era libre; sin embargo, eligió pagar. No porque estuviera sometido a la exigencia, sino porque amaba a las personas y no quería que un asunto secundario se convirtiera en obstáculo para que reconocieran quién era Él.
Esto armoniza con lo que Pablo enseñaría más tarde: “Todas las cosas me son lícitas, pero no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, pero yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12). También dice: “Si la comida hace tropezar a mi hermano, nunca más comeré carne, para no hacer tropezar a mi hermano” (1 Corintios 8:13).
La libertad del cristiano no es licencia para hacer lo que quiere. Es la capacidad de servir a Dios y al prójimo sin estar esclavizado por el miedo, la costumbre o el deseo de agradar a los hombres. Jesús es libre, pero usa su libertad para amar.
¿Por qué Pedro paga solo por Jesús y por sí mismo?
El punto que más llama la atención es la instrucción final: “tómalo, y dáselo por mí y por ti” (Mateo 17:27). Jesús no dice: “por mí, por ti y por los demás discípulos”. Dice: “por mí y por ti”.
Esto ha llevado a algunos expositores a preguntarse si los otros discípulos estaban exentos del impuesto por razón de su edad. Bajo la ley del medio siclo, el impuesto correspondía a los varones de veinte años en adelante (Éxodo 30:14). Si los demás discípulos eran menores de veinte años, no habrían estado obligados a pagar.
La sugerencia, entonces, es que Pedro y Jesús eran los únicos adultos responsables del impuesto, mientras que los otros discípulos podrían haber sido jóvenes menores de veinte años. Esta lectura encaja con el texto: Pedro paga por dos personas, no por todo el grupo.
Sin embargo, debemos ser cuidadosos. El texto no dice explícitamente: “los otros discípulos eran menores de veinte años”. Tampoco afirma que todos los discípulos estuvieran presentes en ese momento. Podría ser que solo Pedro y Jesús estuvieran involucrados en la escena, o que los demás ya hubieran pagado por separado. Por eso, la conclusión debe presentarse como una inferencia razonable, no como un dogma.
Aun así, la inferencia tiene peso. Si Jesús hubiera querido pagar por todos, pudo haberlo dicho. Si todos los discípulos estaban sujetos al impuesto, sería extraño que el Señor ordenara una moneda solo para dos. La mención específica de “por mí y por ti” sugiere que Pedro y Jesús eran los únicos obligados en aquel contexto.
Esto abriría una ventana interesante sobre la edad de los discípulos. Muchos de ellos podrían haber sido jóvenes, posiblemente en el rango de adolescentes o adultos jóvenes. Pedro, por su parte, era casado, pues Jesús sanó a su suegra (Mateo 8:14). Por eso, era natural que él estuviera sujeto al impuesto.
La Escritura no nos da una lista de edades. No sabemos con certeza cuántos años tenía cada discípulo. Pero el detalle de que Pedro paga solo por Jesús y por sí mismo sugiere, al menos como posibilidad seria, que los demás no alcanzaban aún la edad de responsabilidad legal para el impuesto del templo.
Lo que esto enseña sobre la juventud y el discipulado.
Si los demás discípulos eran jóvenes, esto tiene una aplicación poderosa. Jesús no esperó a que fueran mayores, más preparados o más respetables para llamarlos. Los llamó mientras eran jóvenes, mientras trabajaban, mientras aprendían, mientras cometían errores.
Pedro era impulsivo. Juan era joven. Andrés, Santiago, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Tadeo, Simón el zelote: todos fueron llamados a seguir al Maestro. Ninguno fue llamado porque fuera perfecto. Todos fueron llamados porque Jesús los quiso y los formó.
Esto anima a los jóvenes cristianos de hoy. No se necesita tener una edad determinada para servir a Dios. Se necesita un corazón dispuesto. David era joven cuando fue ungido rey (1 Samuel 16:11-13). Josué fue llamado a liderar siendo un hombre joven (Josué 1:1-9). Timoteo recibió la exhortación: “Ninguno tenga en poco tu juventud” (1 Timoteo 4:12).
La juventud no es un obstáculo para el discipulado. Es una oportunidad para aprender, crecer y servir. Si los discípulos eran jóvenes, entonces la iglesia primitiva comenzó con un grupo de jóvenes transformados por la presencia de Cristo.
La moneda en la boca del pez:
Jesús no le dice a Pedro que vaya a buscar trabajo, ni que pida dinero prestado, ni que venda algo. Le dice que eche un anzuelo al mar y que el primer pez que pesque tendrá en su boca un estáter. Un estáter equivalía a cuatro dracmas, suficiente para pagar el impuesto de dos personas.�
Este milagro muestra el señorío de Jesús sobre toda la creación. El que calmó la tormenta (Mateo 8:23-27), caminó sobre el mar (Mateo 14:22-33) y multiplicó los panes (Mateo 14:13-21) también puede proveer a través de un pez en el mar de Galilea.
Pero el milagro no es solo sobre provisión. Es sobre soberanía. Jesús conoce dónde está el pez. Conoce qué tiene en la boca. Conoce el momento exacto en que Pedro lanzará el anzuelo. Nada escapa a su conocimiento.
Esto enseña al creyente que Dios puede proveer de maneras inesperadas. No siempre será a través de un pez, pero siempre será a través de su sabiduría. El salmista declara: “El Señor es mi pastor; nada me faltará” (Salmo 23:1). Pablo escribe: “Y mi Dios suplirá todas vuestras necesidades conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19).
La provisión de Dios no siempre llega antes de que obedezcamos. A veces llega mientras obedecemos. Pedro tuvo que ir al mar, lanzar el anzuelo y pescar. La fe no es pasividad; es acción guiada por la promesa.
Conocer nuestra identidad en Cristo:
Jesús enseña que los hijos son libres. El creyente, unido a Cristo, ya no es un extranjero ante Dios. Es hijo. Juan escribe: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Pablo añade: “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17).
Esta identidad cambia todo. El cristiano no sirve a Dios para ganar su favor; sirve porque ya lo tiene. No obedece para ser aceptado; obedece porque ya es amado. La libertad cristiana nace de la filiación.
Usar la libertad para amar:
Jesús era libre, pero pagó para no ofender. Esto enseña que la libertad debe usarse con sabiduría. No todo lo que es lícito es conveniente. No todo lo que es permitido edifica. El creyente debe preguntarse: “¿Esto glorifica a Dios? ¿Esto edifica a otros? ¿Esto abre o cierra puertas para el evangelio?”
La libertad cristiana no es egoísmo. Es servicio. Como escribió Pablo: “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros” (Gálatas 5:13).
Confiar en la provisión de Dios:
Pedro necesitaba una moneda. Jesús le mostró que la provisión podía venir de un lugar inesperado. Esto anima al creyente a confiar cuando los recursos parecen escasos. Dios no siempre da de la misma manera, pero siempre da lo necesario en el tiempo necesario.
El creyente no debe vivir ansioso. Debe vivir dependiente. La ansiedad nace cuando creemos que todo depende de nosotros. La paz nace cuando recordamos que todo depende de Él.
Servir aun siendo jóvenes: Si los discípulos eran jóvenes, entonces la juventud no es un impedimento para el servicio. Es un llamado. Los jóvenes cristianos deben ser formados en la Palabra, en la oración y en el servicio. No deben esperar a ser mayores para servir. Deben comenzar ahora.
La iglesia necesita jóvenes que amen a Cristo, que conozcan las Escrituras y que estén dispuestos a servir. No se necesitan jóvenes perfectos. Se necesitan jóvenes fieles.
No usar la libertad para ofender; Jesús pagó para no ofender. Esto enseña que el creyente debe considerar a los demás. La libertad no debe usarse para herir, escandalizar o dividir. Debe usarse para edificar. El amor busca el bien del otro, incluso cuando eso requiere renunciar a un derecho.
En conclusión, Mateo 17:24-27 es mucho más que un relato sobre un impuesto. Es una ventana al corazón de Cristo. Él es el Hijo, libre ante el Padre; sin embargo, se humilla para no ofender. Él es el Señor de la creación; sin embargo, provee a través de un pez. Él es el Rey; sin embargo, se asocia con Pedro, un pescador imperfecto, y paga por él.
El detalle de que Pedro paga solo por Jesús y por sí mismo sugiere, con prudencia, que los demás discípulos podrían haber sido jóvenes menores de veinte años. Aunque no podemos afirmarlo como certeza absoluta, la posibilidad es seria y enriquecedora. Nos recuerda que Dios llama a jóvenes, los forma y los usa para su gloria.
Que el creyente aprenda de Jesús: conocer su identidad, usar su libertad con amor, confiar en la provisión divina y servir con humildad. Porque el Hijo era libre, pero eligió pagar. Y porque el Hijo era rico, se hizo pobre para enriquecernos (2 Corintios 8:9).





