3. El creyente: El sacrificio vivo como resultado lógico al evangelio, Romanos 12:1–2.
Después de 11 capítulos de doctrina profunda, Pablo usa una palabra clave: “Así que”. La ética cristiana es siempre una respuesta a la gracia, no un intento de ganarla. Después de explicar la gracia, Pablo dice: “Así que, hermanos…”La vida cristiana no es una obligación, es una respuesta viva a una demanda divina. Una entrega consciente y constante...“Que presentéis vuestros cuerpos…” (Rom 12:1).
Exégesis de palabras clave:
- “Presentéis” – παραστῆσαι (parastēsai). Término sacerdotal: ofrecer conscientemente, de manera deliberada.
- “Sacrificio vivo” – θυσίαν ζῶσαν (thysían zōsan). Paradójico: los sacrificios normalmente mueren sin embargo este vive continuamente.
- “Culto racional” – λατρείαν λογικήν (latreían logikēn). Logikē: razonable, coherente, profundamente pensada. La fe cristiana no es irracional, es la respuesta más lógica al amor de Dios.
El creyente no muere en un altar físico, sino que vive diariamente entregado a Dios. Esto incluye mente, cuerpo, decisiones, ética y vocación.
Aplicaciones prácticas. Ser sacrificio vivo implica:
- Integridad en lo cotidiano: "Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres;" (Col 3:23).
- Santidad progresiva: "sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo". (1 Pe 1:15–16).
- Servicio humilde: "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas". (Efe 2:10).
No se trata de perfección, sino de dirección. La renovación de la mente transforma la forma de vivir (2 Cor 5:15).
En conclusión, Isaac nos enseña que Dios no quiere nuestra muerte, El quiere nuestra voluntad manifestada por una vida de entrega a El en fe. La persona de Cristo nos revela que el Dios hombre da su propia vida y la vuelve a tomar en una clara manifestación de control absoluto sobre las circunstancias. Y en respuesta a todo lo anterior, el creyente responde viviendo entregado a una vida plena por amor vivo.
El evangelio no termina en un altar antiguo ni en una cruz romana; continúa en una vida transformada que declara: “Señor, todo lo que soy te pertenece, porque Tú ya lo diste todo por mí”.
Este relato nos enseña que Dios no quiere nuestra muerte. El evangelio no termina en el altar ni en la cruz, sino que continua en una vida que dice cada día: “Señor, aquí estoy. No como sacrificio muerto, sino como sacrificio vivo”.

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