Elementos Ausentes en el Tabernáculo: Lecciones de lo que no se Menciona.
En la construcción del tabernáculo, la Escritura nos ofrece una descripción detallada de cada mueble, utensilio y elemento que componía la casa de Dios. No se deja nada al azar: todo responde al modelo mostrado a Moisés en el monte, conforme a los planos divinamente establecidos (Éxo 25:9, 40; 26:30; Heb 8:5). Y sabemos que todo lo anterior eran figuras y sombras que, en la mayoría de los casos, nos describen al Mesías Redentor y su plan de salvación para la humanidad (Col 2:17; Heb 10:1). Como afirma el apóstol Pablo, estas cosas ocurrieron como ejemplos y fueron escritas para nuestra instrucción (1 Co 10:11).
Pero Dios no solamente nos habla con lo que está revelado en el sagrado texto, sino también a través de aquello cuyos detalles se omiten o ni siquiera se mencionan. El silencio bíblico, sin convertirlo en doctrina, nos permite observar pedagógicamente lo que la descripción inspirada incluye y omite. Es por eso que quisiera que reflexionemos sobre algunas cosas inexistentes en el tabernáculo, las cuales nos darán lecciones prácticas aplicables a nuestra vida espiritual.
1. En el tabernáculo no había sillas.
Dentro de los muebles que encontramos en la casa de Dios hallamos: una mesa, dos altares, un lavacro o fuente de agua, un candelero y el arca del pacto (Heb 9:1-5), pero no se menciona ninguna silla entre los muebles del tabernáculo. Esta ausencia no es casual: el servicio sacerdotal era continuo, y el estar de pie simbolizaba que la obra nunca estaba terminada. El autor de Hebreos lo expresa con claridad: "Y todo sacerdote está de pie, ministrando diariamente y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados" (Heb 10:11). En cambio, de Cristo, el verdadero Sumo Sacerdote, se dice: "pero éste, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio para siempre, se sentó a la diestra de Dios" (Heb 10:12). La silla, pues, pertenecía únicamente a quien había consumado la obra de la redención. Los sacerdotes levíticos, en cambio, permanecían de pie, porque su ministerio jamás alcanzaba su consumación.
Hay personajes que destacan en las Escrituras por los implementos que usaron. Si pensamos en el accesorio más destacado del ministerio de Moisés, sin duda alguna sería su vara, con la cual Dios hizo muchos milagros (Éx 4:17; 7:20; 14:16). Y si hablamos del joven David, por supuesto que sería su honda (1 S 17:40, 50). Sin dejar de mencionar a Elías, que destaca por el uso milagroso de su manto (2 R 2:8, 14). Ahora bien, hay un sacerdote que hizo de una silla la señal distintiva de su ministerio: me refiero a Elí. No se trata de una silla dentro del mobiliario del tabernáculo, sino de la silla junto al umbral, al camino y a la puerta —lugares de servicio y de juicio donde Elí debería haber estado activo, pero donde en cambio se encontraba sentado. Para comprenderlo, vamos a leer tres pasajes que nos demuestran tres estados en la vida de este sacerdote, todos relacionados con una silla y con los lugares donde se encontraba.
a. Inactividad: 1 Samuel 1:9 — "Y se levantó Ana después que hubo comido y bebido en Silo; y mientras el sacerdote Elí estaba sentado en una silla junto a un pilar del templo de Jehová"
Esta palabra "pilar" o "columna" se traduce en el original como poste de puerta o umbral. Este templo que se menciona aquí era el tabernáculo de Moisés que, después de la conquista de la tierra de Canaán, fue establecido en Silo como lugar permanente (Jos 18:1), donde el pueblo acudía a realizar los rituales y sacrificios establecidos por Dios.
Para comprender mejor la situación de este personaje, veamos cuáles eran algunas de las funciones asociadas al oficio sacerdotal en la Escritura:
- No debía descubrir su cabeza ni romper sus vestiduras (Lev 21:10).
- Cumplían funciones de tesorería, contando el dinero de las ofrendas (2 R 12:10; 22:4).
- Participaron en la reconstrucción de los muros de la ciudad (Neh 3:1).
- Constituían la máxima autoridad religiosa de la época, juzgando en las disputas cotidianas (Mt 26:57, 58, 62, 63, 65).
- Dios podía hablar por medio de ellos, cumpliendo funciones proféticas (Jn 11:51).
- Eran dignos de todo respeto y honor (Hch 23:5).
- Representaban a todo el pueblo ante Dios, especialmente en el día de la expiación (Heb 9:7).
Ahora bien, Elí estaba sentado. Un sacerdote con tantas responsabilidades no debería estar inactivo, sino ministrando delante del Señor. La silla de Elí, en este primer pasaje, nos habla de inactividad espiritual: Representa a el siervo de Dios que ha dejado de ejercer con diligencia el ministerio que le fue encomendado.
b. Distracción: 1 Samuel 4:13 — "Y cuando llegó, he aquí Elí que estaba sentado en una silla vigilando junto al camino; porque su corazón estaba temblando por causa del arca de Dios. Llegado, pues, aquel hombre a la ciudad, y dadas las nuevas, toda la ciudad gritó."
Elí no estaba ocupado en lo que realmente ayudaba a Israel en la batalla: "sentado en una silla vigilando junto al camino". Su atención estaba puesta en el camino, esperando noticias, en lugar de estar intercediendo delante de Dios por la victoria del pueblo. Contrastemos esto con el ejemplo de Moisés y Aarón en la batalla contra Amalec: "Y sucedía que cuando alzaba Moisés su mano, Israel prevalecía; mas cuando él bajaba su mano, prevalecía Amalec" (Éx 17:9-11). Moisés y Aarón no se sentaron a esperar noticias; subieron a la cumbre del collado con la vara de Dios en su mano, y Josué lideró la batalla en el valle (Éx 17:8-13). Mientras Moisés y Aaron intercedían, el pueblo vencía. La diferencia entre Aarón y Elí (ambos sumos sacerdotes), es clara, la diferencia entre el sacerdote que intercede y el que simplemente se sienta y observa esperando noticias.
c. Impulsividad: 1 Samuel 4:18 — "Y aconteció que cuando él hizo mención del arca de Dios, Elí cayó hacia atrás de la silla al lado de la puerta, y se le quebró la cerviz, y murió; pues era hombre viejo y pesado. Y había juzgado a Israel cuarenta años."
"Junto a la puerta de la ciudad". Este lugar demuestra el grado de responsabilidad que ocupaba nuestro personaje dentro de la sociedad: los que se sentaban a la puerta eran los que juzgaban los litigios cotidianos (cf. Rut 4:1-2; Pr 31:23). Elí era juez, pero no había sido capaz de juzgar su propia casa ni de poner orden en ella (1 S 3:13). La Escritura nos dice que sus hijos hacían impiedad en el tabernáculo, profanando los sacrificios de Dios, y Elí los corrigió débilmente, sin detenerlos (1 S 2:12-17, 22-25). Su autoridad quedó moralmente debilitada por no corregir su casa. El texto subraya que, al oír del arca de Dios, se inclinó hacia atrás y cayó: la escena sugiere un movimiento repentino, un sobresalto trágico que le costó la vida.
Tres estados, tres sillas, un mismo desenlace. La inactividad condujo a la distracción, y la distracción desembocó en la impulsividad. La silla —que en el caso de Elí no formaba parte del mobiliario divino, pero que marcó el ritmo de su declive— se convirtió en el símbolo de un ministerio menguante. La inactividad es el primer paso hacia el declive espiritual: el apóstol Pablo exhorta a Timoteo a no descuidar el don que había en él (1 Ti 4:14), y el Señor mismo amonesta a la iglesia de Éfeso por haber dejado su primer amor (Ap 2:4-5). Que el Señor nos libre de sentarnos cuando Él nos llama a estar de pie, ministrando con diligencia hasta que Él diga: "Bien, buen siervo y fiel" (Mt 25:21).
2. En el tabernáculo no había ventanas.
En la descripción bíblica del tabernáculo no se mencionan ventanas en ninguno de sus recintos. ¿Por qué no?
Una ventana habría permitido un acceso adicional a los recintos establecidos, los cuales estaban caracterizados por una sola vía de entrada y salida. Había un solo acceso al atrio (Éx 27:16), que daba paso al altar del holocausto, y una sola puerta hacia el lugar santo. La altura de la cerca del atrio era de poco más de dos metros, así que nadie se atrevería a saltar dicha valla. Además, la cubierta superior del tabernáculo constaba de varias capas de diferentes pieles o telas debidamente colocadas, cada una para cumplir su función (Éx 26:1-14), sin contar las tablas cubiertas de oro que constituían las paredes que rodeaban el lugar santo y el santísimo (Éx 26:15-30). Era imposible que alguien pudiera acceder a estos recintos de otra manera que no fuera por la única entrada principal.
Esta verdad del único acceso nos remite directamente a Cristo, quien declaró: "Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos" (Jn 10:9). Y también: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Jn 14:6). El escritor de Hebreos nos exhorta a entrar con confianza por el camino nuevo y vivo que Cristo nos abrió (Heb 10:19-22).
Por otra parte, si imagináramos una ventana en el lugar santo, habría sido un punto de distracción para los sacerdotes que ministraban. Y habría permitido que la influencia del desierto afectara los elementos del servicio sagrado.
Pensemos por un momento en lo que habría significado para el servicio cotidiano de un sacerdote el que hubiese en el lugar santo una ventana. En primer lugar, la mesa de los panes de la presencia: como ilustración práctica, los dos elementos enemigos de un pan fresco son la luz y el aire. Esto habría acortado la frescura de los panes, los cuales debían cambiarse cada sábado (Lev 24:5-9), pues su duración estaba exactamente calculada. Pero el fundamento bíblico es que Dios estableció el modo, el lugar y el ritmo del servicio sagrado, y todo lo que interfería con ese orden quedaba excluido. Estos panes representaban la comunión perpetua del pueblo con Dios y apuntaban a Cristo, el pan de vida que descendió del cielo (Jn 6:33, 35).
En segundo lugar, el candelero, que era la única luz de este lugar (Éx 25:31-40; 27:20-21). Una fuerte brisa podría afectar su función, produciendo incluso que alguna de sus llamas se apagara (recordemos que en el desierto los vientos son comunes en casi todas las épocas del año). Esta luz debía arder continuamente, por mandato divino (Lev 24:1-4). Cristo, la luz verdadera que alumbra a todo hombre (Jn 1:9; 8:12), es el cumplimiento de aquella lámpara que nunca se apagaba.
Finalmente, el altar del incienso. Como su nombre lo indica, su función principal era el quemado del incienso, elemento que serviría para preservar la vida del sumo sacerdote en el gran día de la expiación, ya que la densa niebla aromática velaba la gloria divina a los ojos del mortal representante del pueblo (Lev 16:12-13). Pero además, esta nube fragante ascendía delante de Dios como ofrenda grata, que el Santísimo recibía con agrado (Éx 30:7-8). El incienso debía quemarse dos veces al día, junto con los sacrificios de la mañana y de la tarde. La Escritura nos revela que el incienso representa las oraciones de los santos que suben delante de Dios (Sal 141:2; Ap 5:8; 8:3-4).
¿Qué habría pasado si en este lugar santo existiese una ventana? En primer lugar, los panes no tendrían la duración establecida por Dios para Moisés. En segundo lugar, una brisa podría apagar la luz que por mandato divino debía arder continuamente. Y finalmente, el servicio del sumo sacerdote se vería interrumpido, impidiendo que representara al pueblo delante de Dios, y el olor grato del incienso no ascendería sin ser interrumpido por las corrientes del desierto.
¿Qué de malo puede haber en que a un lugar oscuro y enclaustrado entrara un poco de luz y aire? Por lo visto anteriormente, podemos decir que hay muchas razones por las cuales no debía haber ventanas en el tabernáculo. Y del mismo modo, en nuestra vida espiritual, cuántas veces hemos escuchado esta misma pregunta: ¿Y qué tiene de malo hacer o dejar de hacer tal o cual cosa? Que cada uno, en particular, termine esta frase aplicándola a su vida personal y cotidiana.
3. En el tabernáculo no había música.
En la descripción bíblica del tabernáculo no se menciona ningún instrumento de música como parte del mobiliario, ni de los utensilios, ni del servicio interior del santuario. Cuando leemos los capítulos de Éxodo que detallan cada elemento —el arca, la mesa, el candelero, el altar del holocausto, el altar del incienso, el lavacro, las vestiduras sacerdotales, el aceite de la unción, el incienso aromático— no encontramos ningún instrumento musical ni referencia a cantores como parte del servicio continuo dentro del recinto sagrado (Exo 25–27; 30; 37–38). Todo lo que allí se describe tiene que ver con sacrificio, mediación, luz, pan, incienso y oración.
No afirmamos que la música sea ajena a la adoración bíblica. Israel cantó desde el principio: Moisés y María entonaron un cántico de victoria junto al mar (Éx 15:1, 20-21), y los salmos están llenos de exhortaciones a alabar al Señor con instrumentos (Sal 33:2-3; 92:3; 150:3-5). Pero afirmamos que, en el diseño original del tabernáculo, el énfasis no recae sobre la música, sino sobre la presencia de Dios, la sangre del sacrificio, la luz del candelero, el pan de la presencia, el incienso de la oración y la mediación sacerdotal. El culto del santuario no estaba centrado en el estímulo sensorial, sino en la obediencia y en la reverencia delante de la santidad divina. (ver tema relacionado con la música: Grupos de personas que entonaron alabanzas a Dios en la Biblia.). haz clic sobre el título para leer.
a. Silencio reverente: El silencio del santuario no era un silencio vacío, sino lleno de significado. Mientras los sacerdotes ministraban, el pueblo guardaba reverencia: "Harás que los hijos de Israel quiten la iniquidad de sus santidades" (Lev 22:2). La santidad de Dios demandaba un acercamiento solemne, no festivo ni ruidoso. El escritor de Eclesiastés nos recuerda: "Cuidad vuestros pasos cuando vayáis a la casa de Dios; y acercaos para oír más que para dar el sacrificio de los necios" (Ec 5:1) Y para poder oír bien hay que guardar silencio. Y el profeta Habacuc exhorta: "Mas Jehová está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra" (Hab 2:20). Sofonías añade: "¡Calla delante de Jehová el Señor, porque el día de Jehová está cerca!" (Sof 1:7). El silencio reverente es también una forma de adoración: reconoce que Dios habla y que el hombre debe escuchar antes que ofrecer.
Encontramos dentro del ordenamiento dado a Moisés las trompetas de plata que Dios mandó fabricar (Núm 10:1-10), pero estas aparecen como instrumento de convocatoria, de marcha, de alarma y de memorial litúrgico, pero no como parte del mobiliario ni como música continua dentro del lugar santo o el atrio. Se tocaban para reunir al pueblo, para poner en marcha los campamentos, para ir a la guerra y como memorial delante de Dios en los sacrificios (Núm 10:2, 10:1-10). Su función era funcional y comunitaria, no de adoración musical dentro ni fuera del santuario.
b. Obediencia antes que emoción: El tabernáculo enseñaba que el acceso a Dios no se obtenía mediante la experiencia emocional, sino mediante el sacrificio sustitutivo y la obediencia a la palabra revelada. Los sacrificios delimitaban el culto aceptable: holocausto, ofrenda, pacífico, expiación y culpa (Lev 1–7). El día de la expiación era el momento culminante del año, donde el sumo sacerdote entraba al lugar santísimo con sangre, no con música (Lev 16:1-34; Heb 9:7). El profeta Samuel había de declarar un principio fundamental: "Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros" (1 Sam 15:22). La obediencia a la palabra de Dios precede y supera cualquier expresión de adoración, por más sincera que sea.
c. Adoración que no sustituye el altar: Fue David quien, posteriormente, organizó a los levitas como cantores y músicos para el servicio del tabernáculo en Sion, tras el traslado del arca a Jerusalén (1 Cr 15:16; 16:4-6). Más adelante, bajo su dirección, se establecieron turnos de músicos y cantores para el servicio continuo (1 Cr 25:1-7). Y en el templo de Salomón, la música cobró un papel destacado: "y cuando sonaban trompetas y címbalos y otros instrumentos de música, y alababan a Jehová... entonces la casa de Jehová se llenó de una nube, la gloria de Jehová" (2 Cr 5:13-14). Incluso el rey Ezequías, en su reforma, restableció la música conforme al mandamiento de David, Gad y Natán, profetas del Señor (2 Cr 29:25), lo que demuestra que la música en el templo no fue una innovación carnal, sino una disposición legítima inspirada por Dios para una etapa posterior de la revelación.
Sin embargo, la historia de Israel nos enseña una lección solemne: cuando la música sustituye al altar, la adoración se corrompe. El profeta Amós denunció el culto de Israel diciendo: "Quita de mí el estruendo de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos. Pero corra el juicio como aguas, y la justicia como arroyo que no se seca" (Am 5:23-24). Dios rechazó la música de un pueblo cuya vida no reflejaba justicia ni juicio. La música sin obediencia, sin justicia y sin sangre del pacto es ruido que Dios no recibe.
En el Nuevo Testamento, la adoración musical existe y es bendecida, pero nace de una vida llena del Espíritu y de la Palabra: el apóstol Pablo exhorta: "Sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos e himnos y cantos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones" (Ef 5:18-19). Y a los colosenses: "La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, en toda sabiduría, enseñándoos y exhortándoos unos a otros con salmos e himnos y cantos espirituales, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor" (Col 3:16). Santiago nos dice: "¿Está alguno alegre? Cante alabanzas" (Stg 5:13). La música neotestamentaria fluye de la plenitud del Espíritu y del enriquecimiento por la Palabra y como un complemento en la vida del creyente, no como sustituto de ellos.
No añadamos accesorios en nuestra casa espiritual que Dios no nos ha mandado colocar en ella. Fijémonos en el ejemplo de este pasaje: Lucas 11:24-26 — "Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo; y no hallándolo, dice: Regresaré a mi casa de donde salí. Y viniendo, la halla barrida y arreglada. Entonces va, y toma otros siete espíritus peores que él; y entrados, habitan allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero."
Está claro que la "casa" a la que se hace referencia aquí es el ser humano. La expresión "barrida y arreglada" describe una vida reformada externamente, pero vacía de la presencia de Dios: una vida moral en apariencia, pero sin la llenura del Espíritu. Esa condición deja al hombre vulnerable, sin verdadera protección espiritual. Una casa barrida pero desocupada es presa fácil del enemigo. Por aplicación, esto nos recuerda que la vida humana no puede quedar vacía; el creyente está llamado a ser templo del Espíritu Santo (1 Co 6:19).
Así que cabe la pregunta: ¿de qué manera estamos amueblando nuestra casa espiritual? ¿Estamos poniendo en ella sillas que nos estanquen en el ministerio que Dios nos ha encomendado? ¿O estamos abriendo ventanas de cara hacia este desierto sofocante y turbulento, dando pie a que la separación que debe existir en nuestras vidas no se haga patente? ¿O estamos haciendo ruidos estridentes que Dios no ha pedido que hagamos? Recordemos que la santidad implica separación y consagración para Dios (Lev 10:10; 1 P 1:15-16). El apóstol Pablo nos urge: "Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo" (2 Co 6:17). ¿Cuántas sillas hay en mi casa y cuántas ventanas estoy abriendo? ¿O cuanto ruido estamos haciendo creyendo que Dios esta agradado? Tengamos presente no añadir en ella lo que Dios no nos ha dicho que agreguemos.
El apóstol Pedro nos hace una reflexión tocante a este tema: 1 Pedro 2:5 — "Vosotros también, como piedras vivas, sois edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo."
Cabe entonces preguntarnos: ¿Qué elemento en tu vida espiritual te identifica y hará que otros te recuerden? Así como la vara identificaba a Moisés, la honda a David y el manto a Elías, ¿cuál es el distintivo de tu vida con Dios? Que no sea una silla de inactividad ni una ventana de distracción, ¿o un intrumento que retiñe? sino una vida de pie, sirviendo al Señor con fidelidad, separada para Él y llena de su Espíritu.
"Porque nosotros somos colaboradores de Dios, labranza de Dios, edificio de Dios sois." (1 Co 3:9).

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