El Señor no diseñó la vida espiritual como un banquete ocasional al que asistimos cuando nos apetece, sino como una mesa preparada cada amanecer y cada atardecer. No nos pide que le busquemos cuando surge la emergencia, sino que le busquemos como el pan de cada día, como el incienso que nunca deja de ascender, como la voz que responde al Amado que llama sin cesar.
Ahora pasamos al tabernáculo, veremos el incienso continuo. El texto hebreo dice: «Y quemará sobre él (Aarón) incienso de especias; cada mañana, cuando aliste las lámparas, lo quemará. Y cuando Aarón encienda las lámparas al anochecer, quemará el incienso; rito perpetuo delante de Jehová por vuestras generaciones.» (Éxodo 30:7-8).
Tres palabras hebreas dominan este pasaje y revelan el corazón del diseño divino.
La primera es קְטֹרֶת (qetóret, «incienso»). La palabra viene de la raíz קָטַר (qatar), que significa «hacer humear, hacer ascender como fragancia». El incienso no era un mero aromático; era una ofrenda que ascendía hacia Dios como símbolo de la oración y la intercesión de su pueblo. El salmista lo confirma: «Sea mi oración delante de ti como el incienso» (Salmo 141:2). Y el apóstol Juan, en Apocalipsis 5:8 y 8:3-4, ve en el cielo mismo que las copas de oro llenas de incienso son «las oraciones de los santos». El incienso, pues, era la representación visible de la comunión con Dios.
La segunda palabra es תָּמִיד (tamíd, «perpetuo, continuo, constante»). Esta palabra aparece dos veces en el contexto del tabernáculo para describir lo que nunca debía interrumpirse: el sacrificio continuo (Éxodo 29:38-42), el pan de la proposición continuo (Levítico 24:8) y, aquí, el incienso continuo. La idea no es que el incienso ardiera sin detenerse en un solo acto, sino que se encendía cada mañana y cada tarde, sin falta, generación tras generación. Era una rutina, sí, pero una rutina sagrada que señalaba la constancia de la comunión con Dios.
La tercera expresión es בַּבֹּ֣קֶר בַּבֹּ֗קֶר (ba-bóqer ba-bóqer, «cada mañana, cada mañana»). La repetición es deliberada. No dice «algún día» ni «cuando lo necesites». Dice «cada mañana». Y el versículo 8 añade la contraparte: בֵּ֥ין הָֽעַרְבַּ֖יִם (bén ha-arbayim, «entre las dos tardes», es decir, al atardecer). Dos veces al día, sin excepción, el sumo sacerdote debía entrar en el Lugar Santo, acercarse al altar de oro y quemar el incienso. Si un día fallaba, la comunión simbólica del pueblo con Dios se interrumpía.
Lo que es notable es que el incienso se quemaba al mismo tiempo que se atendían las lámparas. La luz y la oración iban juntas. Cuando Aarón preparaba las lámparas por la mañana, quemaba incienso. Cuando las encendía por la tarde, quemaba incienso. La luz de la menorah no era independiente de la oración; la oración era el ambiente en el que la luz ardía. La comunión con Dios era el contexto del testimonio. El tiempo que pasemos en comunión intima con el Señor se verá reflejado en la imágen que demos al exterior. Devoción íntima y testimonio público están estrechamente relacionados.
Esto nos lleva a una observación de gran peso. El incienso del tabernáculo no era para los momentos de crisis. No se encendía cuando llegaba un enemigo, cuando moría un ser querido o cuando el pueblo se arrepentía de un pecado. Se encendía cada mañana y cada tarde, sin importar lo que estuviera sucediendo. En la abundancia y en la escasez, en la guerra y en la paz, en la salud y en la enfermedad, el incienso subía. La comunión con Dios no era reactiva; era proactiva, programada y constante. Del mismo modo deberíamos buscar su presencia no por necesidad sino por pura devocion a El continuamente.
El creyente del Nuevo Testamento es ahora, por la obra de Cristo, «linaje escogido, real sacerdocio, pueblo santo» (1 Pedro 2:9). Ya no hay un Aarón que queme incienso por nosotros; nosotros somos el sacerdocio. Y el incienso que Dios espera es nuestra oración y devocion constante. Si el sumo sacerdote del Antiguo Testamento no podía saltarse ni una sola mañana ni una sola tarde, ¿con qué cara el creyente de hoy dice «no tuve tiempo» o «no estaba de ánimo»? La oración matutina y vespertina no es una sugerencia devocional; es el equivalente del incienso perpetuo. Es la rutina que mantiene la comunión encendida con nuestro Señor.
Ahora la pregunta es necesaria: ¿Ya quemaste tu incienso en tu altar espiritual hoy? Disfruta de la presencia divina cada mañana y cada tarde y a cada momento, como lo hicieron los antiguos, gosándote en Su presencia por pura devocion.


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