(Viene del artículo anterior: El incienso continuo: el culto que nunca se apaga...).
Del tabernáculo pasamos al Evangelio. De la sombra pasamos a la realidad. Del sacerdote terrenal pasamos al Sumo Sacerdote celestial. Lucas 5:16 dice: «Pero Él mismo se retiraba a los lugares desiertos y oraba.»
Este versículo aparece en un contexto de ministerio decisivo. En los versículos anteriores, Jesús ha sanado a un leproso (Lucas 5:12-13), y la fama de él se difundía «mucho más» (v. 15). Las multitudes acudían para oírle y ser sanadas. Si algún ministro tenía excusa para no orar, era Jesús. Si alguien podía justificar la omisión de la comunión con el Padre por la presión del ministerio, era Él. Y sin embargo, justo en el punto álgido de su popularidad, Lucas inserta esta nota: «Pero Él mismo se retiraba».
El texto griego es extraordinariamente preciso. La perífrasis verbal ἦν ὑποχωρῶν (ēn hypochōrōn, «estaba retirándose») combina el verbo εἰμί («ser») en imperfecto con el participio presente de ὑποχωρέω (hypochōreō, «retirarse, apartarse»). Esta construcción —imperfecto perifrástico— es la forma que tiene el griego de expresar una acción habitual, continua, repetida en el pasado. No dice que Jesús se retiró una vez. Dice que Jesús tenía por costumbre retirarse. Era su práctica. Era su ritmo cotidiano de vida.
La palabra ὑποχωρέω es exclusiva de Lucas entre los evangelistas. El prefijo ὑπό («debajo») combinado con χωρέω («ceder, apartarse») comunica la idea de retroceder discretamente, de deslizarse fuera de la escena pública. Jesús no hacía un anuncio público de que iba a orar. Simplemente se apartaba. Se deslizaba fuera del alcance de las multitudes para estar a solas con el Padre.
El lugar al que se retiraba era ἐν ταῖς ἐρήμοις (en tais erēmois, «en los lugares desiertos»). La palabra ἔρημος (erēmos) significa «solitario, deshabitado, yermo». No es un jardín pintoresco ni una habitación confortable. Es un lugar donde no hay nadie más. Y precisamente allí, donde no había distracciones, donde no había aplausos ni peticiones ni necesidades que atender, Jesús oraba. El verbo προσευχόμενος (proseuchomenos, «orando») es también un participio presente, lo que refuerza la idea de acción continua: «y orando», como parte de la misma práctica habitual.
Lucas es el evangelista de la oración. Menciona la oración de Jesús en momentos donde los otros evangelistas guardan silencio: en su bautismo (Lucas 3:21), antes de elegir a los doce (Lucas 6:12), en la transfiguración (Lucas 9:28-29), enseñando a orar a los discípulos (Lucas 11:1), y aquí, en el corazón de su ministerio galileo. Pero este versículo, Lucas 5:16, es el más revelador de todos, porque no describe una oración de crisis ni una oración de decisión; describe la oración como hábito. Es la versión neotestamentaria del incienso perpetuo.
Lo que hace que esto sea tan poderoso es la identidad de quien ora. Este no es Aarón, el sacerdote pecador que necesitaba ofrecer sacrificio primero por sus propios pecados. Este es el Hijo de Dios encarnado, el Verbo que era con Dios y que era Dios (Juan 1:1). Si el Hijo de Dios, en su perfección sin pecado, en su comunión ontológica ininterrumpida con el Padre, consideraba necesario retirarse habitualmente a orar, ¿cuánto más nosotros, que somos pecadores redimidos, que no tenemos comunión natural con Dios sino la que nos ha sido dada por gracia, necesitamos esta práctica?
Jesús no oraba porque tuviera crisis; oraba porque tenía deseos de hacerlo. No se retiraba porque estuviera abrumado; se retiraba porque era su vida. La oración no era para Él una reacción; era una relación. Y esa relación se cultivaba en la rutina del retiro habitual.
Si el Hijo de Dios practicaba el retiro habitual a la presencia del Padre, no hay creyente que pueda excusarse. No es cuestión de temperamento: no todos somos contemplativos, pero todos somos llamados a la comunión. No es cuestión de tiempo: Jesús tenía más presiones que nosotros y encontró el modo de retirarse. Es cuestión de prioridades. Si Cristo se apartaba de las multitudes para orar, ¿por qué nosotros no nos apartamos de nuestras pantallas, de nuestras agendas, de nuestros teléfonos, para estar a solas con el Padre? La práctica de retirarse a orar no es un lujo para creyentes maduros; es el oxígeno de todo creyente. ¿Ya apartáste tiempo hoy para hablar con tu Padre celestial? Y si no ¿A que estás esperando?
Tema relacionado: (El pan que desciende: la provisión diaria que exige constancia. (Éxo 16:14).
(El incienso continuo: el culto que nunca se apaga(Éxodo 30:7-8).
(haz clic sobre el título para leer).


No hay comentarios:
Publicar un comentario