Mensaje basado en Marcos 10:1; Lucas 22:39–40; Lucas 4:16
Hay
hábitos que moldean la vida más de lo que pensamos. Un padre que cada mañana
dedica unos minutos a orar antes de salir de casa no solo está cumpliendo una
disciplina espiritual; está marcando un rumbo que, con el tiempo, influye en su
carácter, en la atmósfera familiar y en su manera de enfrentar la vida. Los
hábitos —buenos o malos— se convierten en senderos que pavimentan nuestro
futuro espiritual.
Cuando
observamos los Evangelios, descubrimos que el Señor Jesús también tenía
hábitos. No improvisaba su vida espiritual. En los evangelios destacan frases tales
“como solía” (Marcos 10:1; Lucas 22:39) y “su costumbre” (Lucas 4:16) para mostrarnos que el Hijo
de Dios vivió con patrones espirituales constantes y deliberados. Estas no son
menciones casuales: son ventanas a la forma en que Cristo caminó por este
mundo… para enseñarnos cómo debemos caminar nosotros.
Seguidamente
describiremos tres (3) costumbres del Señor Jesucristo dignas de imitar:
1.
Jesús tenía costumbres espirituales estables en medio del movimiento de la vida
(Marcos 10:1). El ejercía su
ministerio fielmente.
“…volvió Jesús a la región de Judea… y volvió el
pueblo a juntarse a él; y de nuevo les
enseñaba, como solía.”
Marcos
presenta a Jesús en un contexto dinámico, rodeado de multitudes y demandas
constantes. Aun así, el evangelista subraya que Jesús tenía un hábito:
enseñar. No respondía solo a la urgencia del momento ni actuaba guiado por la
presión externa. Su ministerio fluía desde una disciplina interna.
Exegéticamente
hablando, la expresión “como solía” (gr. ēthos o
eiōthei en sus variantes) implica repetición deliberada, un patrón
definido. Jesús no enseñaba ocasionalmente; enseñaba porque era parte de la
esencia de su misión y de su disciplina cotidiana. Antes que actividades
extraordinarias, la vida cristiana necesita hábitos santos. La formación espiritual
no ocurre por eventos aislados, sino por prácticas constantes: estudiar la
Palabra, servir, congregarse, discipular, enseñar. La estabilidad de una
iglesia no depende de momentos brillantes, sino de costumbres fieles.
2.
Jesús buscaba comunión con el Padre en o ración como un hábito, especialmente en
tiempos de prueba (Lucas 22:39–40). El
practicaba el hábito de la oración.
“Y saliendo, se fue, como solía, al monte de
los Olivos… Orad para que no entréis en tentación.”
En
el contexto más oscuro de su vida terrenal —previo a Getsemaní— Jesús vuelve al
lugar habitual de oración. Esta frase, aparentemente sencilla, es una de las
joyas pastorales más profundas del Evangelio.
Exegéticamente hablando, Lucas usa el término que indica ruta frecuente, dirección conocida. Jesús no buscó un lugar nuevo para enfrentar su angustia; fue al lugar donde había cultivado su comunión. No improvisó la oración en la crisis: llevó la crisis al terreno donde la oración ya tenía historia. No podemos enfrentar el día malo sin haber construido un “monte de los Olivos” personal. Quien ora solo cuando está en crisis, ora un día tarde. Los hábitos espirituales son preparación previa. La iglesia de Cristo necesita lugares y ritmos donde, una y otra vez, se encuentre con el Padre.
3.
Jesús tenía la costumbre de participar fielmente en la vida congregacional
(Lucas 4:16). El cumplía fielmente la costumbre de congregarse en torno a la
palabra divina.
“…y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme
a su costumbre, y se levantó a leer.”
Jesús, siendo el Verbo encarnado, se sometió a la práctica regular de asistir a la sinagoga. No por necesidad espiritual, sino por obediencia al camino del Padre y como modelo para sus discípulos.
Exegéticamente hablando, la expresión “su costumbre” muestra que Jesús participaba activamente en la vida comunitaria: escuchaba la Palabra, enseñaba, adoraba junto al pueblo. Esto no era ritualismo; era compromiso relacional y espiritual. Si Jesús —el Hijo sin pecado— consideró esencial involucrarse en la reunión congregacional, ¿Cuánto más nosotros? La asistencia constante, la lectura pública, la adoración colectiva no son meros hábitos sociales: son disciplinas formativas que modelan el corazón de los creyentes y sostienen a la comunidad.
En conclusión, las Escrituras
no mencionan las costumbres de Jesús para llenar espacio narrativo; lo hacen
para mostrar una vida ordenada alrededor de lo esencial. Sus hábitos no solo
revelan a un Maestro disciplinado, sino al verdadero Hombre que vivió como
debiéramos vivir.
- Enseñaba como solía → hábito de edificar.
- Oraba como solía → hábito de depender.
- Se congregaba según su costumbre → hábito
de participar.
Imitar
a Jesús no comienza con grandes gestas, sino con pequeñas fidelidades
repetidas. La iglesia de Cristo necesita recuperar estos ritmos: una vida
marcada por costumbres santas que, con el tiempo, nos formen a la imagen de
Aquel que seguimos.
Que
el Señor nos conceda establecer hábitos que lo honren y sostengan nuestra fe,
hasta que nuestras vidas puedan decirse también: “como solía”.
Amplia más este tema viendo este video. Costumbres de Jesús dignas de imitar.mp4
(Haz clic sobre el título para ver el video)

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