Una reflexión exegética para quienes se atreven a leer los evangelios con los ojos abiertos. Hay una frase que debería detenernos en seco cada vez que la leemos. Juan 10:18, Jesús hablando: "Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo."
Si, esto es verdad —y el conjunto de
los evangelios afirman que sí lo es— entonces la historia de la Pasión no es la
historia de una víctima. Es la historia de un Rey que escoge el momento exacto
de su entrega. Veámoslo en los textos.
Los intentos fallidos: un patrón que los evangelistas no quisieron ignorar: La concordancia RV60 nos permite rastrear un motivo que aparece una y otra vez a lo largo del ministerio de Jesús: intentan matarlo, y no pueden.
- Mateo 2:13-16 — Aún antes del nacimiento de Jesús, su vida ya corría peligro de muerte. Herodes recibe el mensaje de los magos de Oriente y ve en este Rey que necería un peligro a su gobierno. Y ordena matar a todo niño varon menor de 2 años. Pero como nos describe Mateo esto no ocurrió.
- Lucas 4:28-30 — La primera vez que
predica en Nazaret, la congregación enloquece de furia. Lo llevan al borde de
un precipicio para despeñarlo. ¿Qué ocurre? "Mas él pasó por en medio
de ellos, y se fue." Sin explicación. Sin milagro espectacular.
Simplemente... se fue.
- Juan 8:59 — En el templo, después de
pronunciar el escalofriante «Yo soy» (Antes que Abraham fuese, yo soy),
tomaron piedras para apedrearlo. "Pero Jesús se encubrió y salió del
templo; y atravesando por en medio de ellos, se fue."
- Juan 10:31, 39 — Dos veces en el
mismo capítulo. Primero con piedras, luego intentando prenderlo con las manos.
Dos veces el texto dice que "se escapó de sus manos."
- Juan 7:30; 8:20 — El evangelista Juan tiene una fórmula que repite como un estribillo teológico: "pero ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora." Ahí está. La clave interpretativa que Juan nos regala: su hora. No la hora de los fariseos. No la hora de Pilato. No la hora del Sanedrín. Su propia hora.
La «hora» como categoría teológica: Para un acusioso observador de las escrituras, este detalle no es ornamental; es estructural. Juan organiza su evangelio entero alrededor de esta tensión narrativa. La palabra hora (ὥρα, hora en el griego subyacente) aparece en momentos decisivos:
- "Aún
no ha venido mi hora" — Juan 2:4
- "Porque
aún no había llegado su hora" — Juan 7:30; 8:20
- "Ha
llegado la hora" — Juan 12:23; 17:1
Cuando Jesús entra a Jerusalén por última vez, algo cambia en su tono. Ya no se escurre entre la multitud. Ya no "pasó por en medio de ellos." Ahora dice con una serenidad que hiela la sangre: "Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado" (Juan 12:23). El mismo Jesús hombre que esquivó piedras, despeñaderos y arrestos durante tres años, ahora no esquiva nada.
Getsemaní: la prueba más difícil de su control. Aquí es donde el argumento se vuelve más profundo, no más fácil. Porque en el huerto, Jesús ora con un sudor que Lucas describe como gotas de sangre (Lucas 22:44). El tormento es real. La alternativa —que sí existía— le arranca una oración que conmueve el cielo: "Padre, si quieres, pasa de mí esta copa."
Esto no es teatro. El control
soberano de Jesús no implica ausencia de sufrimiento. Implica algo más
extraordinario: libertad en medio del sufrimiento.
Y entonces, cuando llegan los
soldados con Judas, ocurre un detalle que Mateo, Marcos, Lucas y Juan
documentan unánimemente: Jesús va a su encuentro. No huye. Pregunta: "¿A
quién buscáis?" (Juan 18:4). Juan añade un apunte fascinante: cuando
responden «a Jesús nazareno», Él dice «Yo soy» —y los soldados retroceden
y caen al suelo (Juan 18:6). Hay que detenerse en esto. Un pelotón de
soldados romanos armados cae al suelo ante la sola presencia de este hombre. Y
después de eso, Él les permite levantarse y arrestarlo. Lo que nos lleva
a concluir: Jesús se entrego cuando el quiso y cuando su hora había llegado,
mostrando un control absoluto de esta situación.
El grito final: evidencia médica y teológica. Hay un último detalle que los exégetas más cuidadosos señalan. En los tres evangelios sinópticos, la muerte de Jesús viene acompañada de un "gran clamor" (Mateo 27:50; Marcos 15:37; Lucas 23:46). Las víctimas de crucifixión morían agotadas, asfixiadas, en silencio. Un grito fuerte en ese momento habría sido fisiológicamente imposible en un hombre al límite de sus fuerzas.
Lucas registra las palabras exactas
de ese clamor: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu." Y
luego: "habiendo dicho esto, expiró." El griego usa el verbo
ἐξέπνευσεν: exhaló el espíritu. Como quien, terminado el trabajo, apaga
la luz y cierra la puerta.
¿Qué hacemos con esto? Si los evangelios dicen la verdad (y lo hacen) —y hay razones serias para creerles— entonces la cruz no es la historia de un hombre que fue atrapado por sus enemigos. Es la historia de un Dios hombre que, durante años, esperó el momento preciso, y cuando ese momento llegó, fue a buscarlo él mismo.
Los que querían matarlo no pudieron hasta que Él lo permitió. Los que creyeron tener el control descubrieron, demasiado tarde, que eran personajes secundarios en un drama que no escribieron. Y nosotros, que leemos esto siglos después, nos encontramos ante la misma pregunta que han enfrentado todos los que leyeron Juan 10:18 con honestidad:
¿Quién pone su vida por los suyos
con semejante libertad y semejante certeza de lo que está haciendo? Solo uno que sabe lo que hace y por amor esta dispuesto a salvar a todos aquellos que le rindan su voluntad a El. ¿Lo has hecho tu?
"Yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para
ponerla, y tengo poder para volverla a tomar." — Juan 10:18, RV60


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