lunes, 29 de diciembre de 2025

La degradada condición humana (enemigos) y la contra parte de la cruz (Rom. 5).txt, 3ra. parte, no. 137.

    


    No podremos entender correctamente el amor de Dios si antes no comprendemos quiénes éramos antes de ser alcanzados por ese amor.

    Romanos 5:6, 8 y 10 describen tres estados espirituales del ser humano antes de Cristo: débiles, pecadores y enemigos. Cada uno revela una carencia profunda, y cada uno encuentra su respuesta plena en la obra de Cristo. Veamos seguidamente cuales son:

    Artículo 3 — “Enemigos”: la ruptura relacional y la reconciliación (Rom 5:10) > “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo…” (Romanos 5:10).

    El término echthroi indica hostilidad activa, no neutralidad. Pablo afirma que el ser humano, en su estado natural, se encuentra en oposición real al gobierno de Dios. Esto contradice la idea moderna de que el ser humano es espiritualmente neutral. Delante del creador supremo no hay medias tintas. O estamos del lado de Dios o somos opositores a El.

    Hay algunos pasajes bíblicos que soportan esta verdad aquí mencionada: “La mente carnal es enemistad contra Dios” (Rom 8:7); “No quisisteis venir a mí para que tengáis vida” (Jn 5:40). La enemistad no es solo emocional, sino volitiva (en relación con la voluntad) y ética: rechazo del señorío divino.

    A pesar de lo anterior la respuesta cristológica se deja oír.  La cruz produce algo más que perdón: reconciliación objetiva (καταλλαγή). “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Co 5:19). “Haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Co 1:20). “Por medio de él… tenemos acceso” (Ef 2:18).

    La reconciliación no es que Dios cambie de actitud, sino que la enemistad humana es eliminada por la obra de Cristo.

    La salvación no termina en absolución legal, sino en restauración relacional. De enemigos pasamos a hijos (Ro 8:15).

    En términos generales podemos concluir que Romanos 5 presenta una progresión lógica, gradual y descendente de la humanidad:

  • Débiles → incapacidad total.
  • Pecadores → culpabilidad absoluta.
  • Enemigos → ruptura relacional.

    A pesar de todo lo anterior se escucha la divina respuesta completa en Cristo:

  • Para una debilidad absoluta tenemos de Dios la fortaleza completa,
  • Ante nuestra condición de pecadores hemos sido hechos por Cristo ante Dios justificados, como si nunca hubiésemos pecado.
  • Y a pesar de haber sido enemigos de Dios ahora somos reconciliados por la obra y la sangre de Cristo Jesús en la cruz. Todo lo anterior se cumple si y solo si haz tenido una experiencia personal de arrepentimiento con Cristo.

    La obra de Cristo en la cruz no es solo suficiente; es proporcionalmente perfecta y completa a nuestra condición. ¿Tienes esta experiencia en tu vida? Anímate y da el paso hoy!

Para ampliar este tema: La degradación gradual humana.

(haz clic sobre el título para leer).

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jueves, 25 de diciembre de 2025

La degradada condición humana (pecadores) y la contra parte de la cruz (Rom. 5).txt, 2da. parte, no. 136.

    No podremos entender correctamente el amor de Dios si antes no comprendemos quiénes éramos antes de ser alcanzados por ese amor.

    Romanos 5:6, 8 y 10 describen tres estados espirituales del ser humano antes de Cristo: débiles, pecadores y enemigos. Cada uno revela una carencia profunda, y cada uno encuentra su respuesta plena en la obra de Cristo. Veamos seguidamente cuales son:

    Artículo 2 — “Pecadores”: la culpabilidad moral delante de Dios > “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Romanos 5:8)

    El término hamartōlōn señala responsabilidad moral objetiva, no mera imperfección. Pablo no reduce el pecado a un error psicológico o cultural, sino que lo presenta como transgresión real contra la ley santa de Dios. Romanos 5:8 introduce una dimensión judicial: el amor de Dios se manifiesta en un acto legal sustitutivo, no solo afectivo.

    La Escritura mantiene una tensión contrastante continua: Dios es amor (1 Jn 4:8), pero también es justo (Salmo 89:14). Del mismo modo que expresa que el pecado genera culpa: “Todos pecaron” (Romanos 3:23). “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Cualquier teología que diluya la culpa moral vacía la cruz de su necesidad.

    La respuesta cristológica se manifiesta. Cristo no ignora el pecado; lo asume vicariamente: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21). “Justificados en su sangre” (Romanos 5:9). “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo” (1 Pedro 2:24). Aquí emerge la doctrina de la expiación sustitutiva penal, no como una construcción tardía, sino como el corazón del pensamiento paulino.

    En conclusión. El amor de Dios no se demuestra pasando por alto la justicia, sino satisfaciéndola plenamente en Cristo. La cruz no relativiza el pecado; sino que lo confronta y lo vence.

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miércoles, 24 de diciembre de 2025

Su Príncipe de Paz, Luc 2:14. txt no. 136.





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lunes, 22 de diciembre de 2025

La degradada condición humana (débiles) y la contra parte de la cruz (Rom. 5:6).txt, 1ra. parte, no. 135.

(haz clic sobre las citas bíblicas para leer el texto completo)

     No podremos entender correctamente el amor de Dios si antes no comprendemos quiénes éramos antes de ser alcanzados por ese amor.

    Romanos 5:6, 8 y 10 describen tres estados espirituales del ser humano antes de Cristo: débiles, pecadores y enemigos. Cada uno revela una carencia profunda, y cada uno encuentra su respuesta plena en la obra de Cristo. Veamos seguidamente cuales son:

    Artículo 1 — “Débiles”: La incapacidad radical del ser humano (Romanos 5:6). > “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles (ἀσθενῶν), a su tiempo murió por los impíos.” (Rom 5:6)

    El término griego asthenēs no describe una debilidad relativa, sino incapacidad funcional. En el NT se usa para enfermedad (Mt 25:36), impotencia (Jn 5:3–7) y fragilidad absoluta. Pablo no afirma que el ser humano tenía poca fuerza espiritual, sino ninguna capacidad real para actuar a favor de su reconciliación con Dios.

    El contexto de Romanos 5: 1–3 confirma esta lectura:

  • incapacidad intelectual (no entienden – Ro 3:11),
  • incapacidad volitiva, o relacionado con la voluntad (no buscan a Dios – Ro 3:11),
  • incapacidad moral (no hay quien haga lo bueno – Ro 3:12).

    Pablo se distancia tanto del optimismo antropológico como del moralismo religioso. La debilidad humana no es circunstancial, sino estructural. El problema no es la falta de información, sino la ausencia de poder espiritual. Esto coincide con: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre… no le trajere” (Juan 6:44). “Estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1). Un muerto no coopera con su sepulturero; un débil espiritual no coopera en su salvación.

    La respuesta cristológica: La frase “a su tiempo” (κατὰ καιρόν) indica iniciativa soberana divina. Cristo no responde a una mejora humana, sino a una necesidad absoluta. “Porque lo que era imposible para la ley… Dios, enviando a su Hijo…” (Ro 8:3). “Mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Co 12:9).

    En conclusión, Cristo no vino a potenciar una capacidad existente, sino a crear vida donde no la había. La cruz y su sangre, es la respuesta absoluta divina a la impotencia humana total.

    Cristo Jesús quiere cambiar tu debilidad en fortaleza. ¿Lo dejarás actuar en tu vida hoy?

Amplia mas este tema aquí: La gradual degradación humana.

                                              (haz clic sobre el título para leer).

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viernes, 19 de diciembre de 2025

La gradual degradación humana (débiles, pecadores y enemigos), Rom. 5:6, 8, 10. txt, no. 134.


    Una de las grandes virtudes del apóstol Pablo es su honestidad radical al describir la condición humana delante de Dios. En Romanos 5, lejos de suavizar el diagnóstico, Pablo lo presenta con una claridad que incomoda pero que, al mismo tiempo, prepara el terreno para una esperanza sólida.

    No podremos entender correctamente el amor de Dios si antes no comprendemos quiénes éramos antes de ser alcanzados por ese amor.

    Romanos 5:6, 8 y 10 describen tres estados espirituales del ser humano antes de Cristo: débiles, pecadores y enemigos. Cada uno revela una carencia profunda, y cada uno encuentra su respuesta plena en la obra de Cristo. Veamos seguidamente cuales son:

    1. Débiles: incapaces de salvarnos. > “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos” (Romanos 5:6).

    La palabra griega usada aquí (asthenēs) no se refiere simplemente a fragilidad emocional, sino a incapacidad real. Pablo afirma que el ser humano no estaba simplemente enfermo, sino impotente espiritualmente para reconciliarse con Dios. Somos incapaces de hacer algo por nuestros propios medios para nuestro beneficio espiritual.

    Esta debilidad es descrita en otros textos bíblicos: “No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios” (Romanos 3:11). “Estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).

    Un muerto no puede responder; un débil espiritual no puede salvarse a sí mismo. Aquí se rompe el mito del auto salvamento moral. Como diría Jhon Lennox, "el cristianismo no comienza con lo que el hombre puede hacer por Dios, sino con lo que Dios hace por el hombre". Sin embargo ante esta necesidad Cristo suple nuestra debilidad, “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). y “Porque lo que era imposible para la ley… Dios, enviando a su Hijo…” (Romanos 8:3). Cristo no espera que dejemos de ser débiles para salvarnos; hace suya nuestra debilidad y la vence desde dentro.

    2. Pecadores: culpables delante de Dios. > “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

    Aquí Pablo avanza del plano de la incapacidad al de la culpa moral. No solo éramos débiles; éramos responsables por nuestros actos. El pecado no es solo error, sino rebelión deliberada contra la voluntad santa de Dios. La Escritura es consistente en este diagnóstico: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). “El alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4).

    El problema del pecado no es solo que nos dañe, sino que nos separa de Dios (Isaías 59:2). Si Dios es justo —y la Biblia afirma que lo es— el pecado no puede ser ignorado.

    A pesar de todo lo anterior Cristo suple nuestra culpa: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21). “Justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24). “La sangre de Jesucristo… nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).

    En la cruz, Dios no relativiza el pecado; lo juzga plenamente, y al mismo tiempo ofrece perdón real. La justicia y el amor no se contradicen, se encuentran personificadas en Cristo.

    3. Enemigos: hostiles hacia Dios. > “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo…” (Romanos 5:10).

    Este es el diagnóstico más duro. Pablo no dice que éramos neutrales, sino enemigos (echthroi). No se trata solo de que no buscábamos a Dios, sino que, en el fondo, resistíamos su autoridad éramos opositores a El. Jesús mismo afirmó esta realidad: “La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz” (Juan 3:19). “Porque la mente carnal es enemistad contra Dios” (Romanos 8:7).

    El problema último del ser humano no es solo moral, sino relacional: rechazamos el señorío de Dios. Cristo suple nuestra enemistad con reconciliación. “Y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20). “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Corintios 5:19). “Ahora sois pueblo de Dios” (1 Pedro 2:10).

    La obra de Cristo en la cruz no solo nos perdona; nos cambia de bando. De enemigos pasamos a ser hijos (Romanos 8:15).

    En conclusión Cristo nos ofrece una gracia proporcional a nuestra necesidad extrema y gradualmente deplorable. Romanos 5 no disminuye nuestra condición; la expone con crudeza. Pero precisamente por eso, la obra de Cristo resplandece con mayor fuerza.

  • A débiles, nos da PODER.
  • A pecadores, nos da JUSTIFICACIÓN.
  • A enemigos, nos da RECONCILIACIÓN.

    Como escribió el gran apóstol Pablo: > “Mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Romanos 5:9).

    El cristianismo no es el relato de una humanidad que asciende hacia Dios, sino de un Dios que desciende hasta la profundidad de nuestra condición para levantarnos y hacernos dignos ante el Padre. Esa es la lógica de la gracia. Y esa lógica sigue transformando vidas hoy. ¿Dejaras que ese poder transformador te cambie para siempre?

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martes, 16 de diciembre de 2025

El carbón y el fuego que sana las palabras. Isaías 6:6 .txt no. 133.

                                 

    Hay escenas bíblicas que, aunque breves, quedan grabadas con una fuerza extraordinaria. Isaías 6 es una de ellas. El profeta contempla la santidad abrumadora de Dios, reconoce su propia impureza y, en medio de esa crisis, ocurre un gesto tan extraño como profundamente revelador: > “Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas” (Isaías 6:6).

    Este carbón ardiente es un símbolo teológico denso, cargado de sentido bíblico, espiritual y racional. Como diría John Lennox, la fe bíblica no huye del pensamiento profundo, sino que lo invita a arrodillarse ante la verdad.

    El problema se soluciona depurando el origen, es un asunto de mi santidad. Isaías acaba de confesar: > “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios…” (Isaías 6:5). Es interesante notar que Isaías no menciona primero sus acciones, sino sus labios. En la Biblia, los labios representan la expresión exterior del corazón. No es casualidad que Jesús diga siglos después: > “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12:34).

    El profeta entiende algo clave: no se puede anunciar la verdad de un Dios santo con una voz no purificada. El problema no es simplemente moral; es ontológico. La santidad de Dios revela la insuficiencia humana.

    El carbón: juicio que no destruye, fuego que sana. El carbón encendido proviene del altar, el lugar del sacrificio. Esto es crucial. No es un fuego cualquiera, sino un fuego consagrado, un fuego que ya ha tocado la sangre de la ofrenda sacrificada.

    En toda la Biblia, el fuego tiene una doble función: Juicio (consume lo impuro); Purificación (refina lo valioso). El carbón toca los labios de Isaías —el lugar de su culpa confesada— pero no lo destruye. Lo purifica. > “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (Isaías 6:7).

    Aquí encontramos una lógica profundamente bíblica y razonable: Dios no niega el pecado, sino que lo trata con un medio que Él mismo provee. No es Isaías quien se limpia; es Dios quien actúa.

    El carbón en el resto de la Escritura tiene un simbolismo significativo. El símbolo del carbón aparece en momentos clave de la revelación bíblica:

    a).- Carbón y la presencia divina, en el Salmos 18:8, cuando Dios se manifiesta con poder, se dice: > “De su boca salían carbones encendidos”. El carbón está asociado a la energía activa de Dios, y a su palabra eficaz.

    b).- Carbón y juicio purificador, en Proverbios 25:21–22: > “Ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza”. Pablo retoma esta imagen en Romanos 12. No se trata de venganza, sino de un acto que confronta, quema la dureza y abre la posibilidad de arrepentimiento.

    c).- Carbón y refinamiento. Aunque no siempre se mencione literalmente el carbón, la idea del fuego refinador atraviesa textos como Malaquías 3:2–3: > “Será como fuego purificador… y purificará a los hijos de Leví”. El patrón es claro: Dios purifica para enviar, limpia para restaurar la función original.

    Cristo y el carbón definitivo: Desde una lectura cristiana, el altar apunta inevitablemente a Cristo. Él es el sacrificio definitivo. El fuego del juicio que merecíamos no se niega, pero cae sobre Él. En el día de Pentecostés, el fuego vuelve a aparecer: > “Se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego…” (Hechos 2:3). Ahora no toca solo a un profeta, sino a toda la comunidad. El fuego ya no quema labios para silenciar, sino que enciende labios para anunciar.

    El carbón en Isaías 6 no es un castigo cruel, sino una gracia purificadora ardiente. Dios no anestesia al profeta; lo sana de manera profunda. La fe bíblica no promete una transformación superficial, sino una purificación real, incluso dolorosa, pero siempre redentora.

    En un mundo saturado de palabras, Dios sigue buscando labios que hayan sido tocados por su fuego. No para hablar más fuerte, sino para hablar con la pura verdad. Y quizás la pregunta final no sea si estamos dispuestos a hablar por Dios, sino si estamos dispuestos a dejar que Él toque primero nuestros labios para purificarnos primero.

Amplia este tema viendo este video:  Isaías 6:1-7.

El poder purificador de un simple carbón. ICE la Orotava 07/12/2025. Tenerife España

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domingo, 7 de diciembre de 2025

“Cuando la visión divina transforma: Isaías 6:1-7”.txt, mp4 no. 132.


  

    En Isaías 6:1–7 encontramos uno de los pasajes más sublimes de toda la Escritura porque nos muestra cómo la verdadera adoración expone, purifica y comisiona. Es un texto que no solo revela la gloria de Dios, sino también el proceso mediante el cual un creyente es preparado para servir.

1. La tansformación comienza con una visión correcta de Dios (v.1-4).

    Isaías inicia diciendo: “En el año que murió el rey Uzías, vi yo al Señor…”
La muerte del rey marcó una crisis nacional, pero también un momento de claridad espiritual. Cuando los tronos humanos se vacían, el trono eterno se vuelve más visible. La visión de Isaías no es sentimental; es majestuosa, llena de símbolos de soberanía:

  • El Señor sentado en Su trono: imagen de autoridad absoluta.

  • Las faldas de su manto llenaban el templo: la gloria divina saturando todo.

  • Serafines proclamando: “Santo, santo, santo”: un énfasis triple que en hebreo expresa superlativo; Dios no es solo santo, sino infinitamente santo.

    Warren W. Wiersbe solía decir que la adoración no comienza con nosotros hablando, sino con nosotros viendo. Antes de responder, Isaías contempla. Antes de ser enviado, es sobrecogido. Toda adoración genuina inicia cuando el creyente se encuentra con la grandeza de Dios y reconoce que está ante alguien totalmente distinto a él.

2. La verdadera visión divina revela nuestra condición (v.5).

    Ante esta visión, Isaías exclama: “¡Ay de mí!”
Este “ay” es el mismo término profético que él antes había pronunciado sobre Judá; ahora lo pronuncia sobre sí mismo. La adoración auténtica no nos infla el ego; nos quiebra el orgullo.

    Isaías reconoce dos cosas:

  • Su contaminación personal – “soy hombre de labios inmundos”, es decir, su instrumento de servicio (la palabra profética) estaba afectado por el pecado.
  • La contaminación colectiva – “habito en medio de un pueblo de labios inmundos”. La adoración lo hace consciente no solo de su pecado individual, sino del ambiente espiritual que lo rodea.

    Como diría Wiersbe: “No podemos ver cuán sucios estamos hasta que veamos cuán santo es Dios.”

3. La gracia de Dios responde al corazón quebrantado (v.6-7).

    Aquí aparece la parte más poderosa del relato: un serafín toma del altar un carbón encendido y toca los labios del profeta. Este gesto no es castigo, sino purificación. No es destrucción, sino misericordia activa.

    El carbón proviene del altar, el lugar del sacrificio. Es una señal de que la purificación no surge del esfuerzo humano, sino del acto expiatorio de Dios. El toque del carbón produce tres efectos:

  • Contacto personal: Dios no envía un mensaje lejano; toca el área exacta de la necesidad del profeta—sus labios.
  • Purificación inmediata: “tu culpa ha sido quitada”. No hay proceso lento ni mérito humano; hay gracia aplicada directamente.
  • Capacitación para servir: antes del envío (v.8), viene la limpieza. El servicio sin purificación se convierte en activismo; el servicio después de la purificación es adoración en acción.

    Este toque simboliza para el creyente lo que Cristo logra en su obra redentora: limpia lo que confiesa y capacita lo que llama. La adoración nos lleva a reconocer nuestro pecado, pero la gracia nos levanta para continuar.

4. La visión divina que transforma prepara para la misión.

    Aunque el pasaje solicitado llega hasta el versículo 7, no podemos ignorar que el resultado natural aparece en el versículo 8: “Heme aquí, envíame a mí.”
El que adora correctamente responde con disposición; la visión del Dios santo, la confesión sincera y la purificación divina forman el corazón del siervo.

    Isaías 6:1–7 nos enseña que la adoración no es solo un acto litúrgico, sino una experiencia transformadora:

  • Miramos a Dios y vemos Su santidad.

  • Nos miramos a nosotros y reconocemos nuestra necesidad.

  • Dios se acerca y nos purifica.

  • El corazón purificado se vuelve disponible para ser enviado al servicio a Dios.

    Que nuestra adoración, como la de Isaías, nos lleve más allá de las palabras cantadas y nos conduzca a ese encuentro que purifica los labios, renueva la vida y enciende la vocación.

Para ampliar un poco más este tema, mira este video.

El poder purificador de un simple carbón. ICE la Orotava, 07/12/2025. 

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